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El gigante: Pangu




Érase una vez un mundo que no tenía la forma que conocemos ahora. 

El cielo y la tierra no estaba separado. 

Todo se hallaba sumergido en una eterna oscuridad y caos, como si estuviéramos dentro de una cascara de huevo. “Huevo cósmico”. Nada pasaba hasta que pasaba algo. 


Allí se gestó un ser extraordinario, un gigante, llamado Pangu. Pasaron miles y miles de años, y poco a poco el cuerpo de pangu fue tomando forma, pasados dieciocho mil años, el cuerpo de la criatura creció tanto que dentro del huevo ya no cabía ni su propio respiro. Pangu estiró su cuerpo, pisó firmemente con sus pies y empujó con todas las fuerzas de sus manos. Hizo tambalearse el huevo, hasta que por fin, tras un atronador ¡zas!, la cáscara del huevo se abrió en dos mitades.


El aire fresco le dio más fuerza a pangu, y se puso de pie. Por supuesto este proceso no fue inmediato. Tardó otros dieciocho mil años.


Durante este lapso, tuvo lugar un fenómeno que no podemos pasar por alto: dentro del huevo estaban el Yin y el Yang. Lo puro liviano, luminoso y volátil, que es el Yang, como es aire, el vapor, La Luz y el calor ascendió para formar el cielo. Y lo material, tangible y pesado, que es yin, defendió para formar la tierra.


Pangu quiso sentarse para descansar. Entonces se dio cuenta de que cuando quería soltar la mano que sujetaba el cielo, el cielo y la tierra se volvían a cerrar para juntarse.. ¡No había opción para que el cielo y la tierra se mantuvieran firmes!


Mientras tanto, el cuerpo del gigante seguía creciendo , razón de tres metros al día, día a día. El cielo era cada vez más alto y la tierra más densa y firme. Así pasaron otros dieciocho mil años. Cuando por fin el cielo y la tierra tomaron forma definitiva, el universo ya no podía revertirse al estado caótico en el que estaba antes. Pangu, exhausto, agotó todas sus fuerzas en la creación de este mundo Yin Yang, y él como el hombre que daba vida a este mundo, se tumbó y reposó eternamente sobre la tierra.


En otros dieciocho mil años, su cuerpo se trasformó: sus cuatro extremidades se convirtieron en las cuatro montañas más altas de las cuatro esquinas del mundo, para seguir sujetando el cielo; su ojo izquierdo se convirtió en el sol, que daba luz y calor al mundo; el derecho, se convirtió en la luna que iluminaba la noche; las pestañas se trasformaron en estrellas que decoraba la noche; sus músculos y tendones, en la fértil tierra; sus huesos, en sales minerales; sus dientes, en piedras preciosas; su sangre, en rios que corren de las montañas hacia el mar; su respiración, el viento: su voz, el trueno; sus sudores y lágrimas, el rocío de la mañana y la lluvia que nutre la tierra; su piel y pelo, en los bosques y el pasto por último, de su médula escaparon los miles y miles de animales, incluido el hombre, que viven de los frutos y cultivos que ofrece este maravilloso mundo creado por pangu.


El gigante Pangu, dio vida a este mundo pródigo y maravilloso, y delegó en los humanos, su obra perfecta, el cuidado del mundo, de su aire, de los ríos y mares, de la montañas, bosque y de los animales que viven en armonía. 

 
 
 

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